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Reducir nuestra improvisación política

Publicado: 2019-08-14

En Fiestas Patrias el presidente Vizcarra anunció que presentaba al Congreso un proyecto de reforma constitucional para reducir el mandato presidencial y congresal al 2020. No quiero discutir aquí lo acertado o no de esta propuesta que busca salir del desgastante enfrentamiento de poderes. Obviamente como politólogo no apoyo mucho los constantes cambios de las reglas del juego democrático, y menos cuando se hacen en forma improvisada. Sin embargo, en esta ocasión, visto la imposibilidad de concertar entre el Ejecutivo y el Legislativo y los altos niveles de corrupción dentro de los tres poderes del Estado, reconozco que esta propuesta podría remecer lo suficiente a los electores peruanos como para poder avanzar en su aprendizaje democrático.  

Es cierto que cualquier observador de nuestra vida política se sorprende por nuestros altos niveles de desorganización, precariedad e improvisación política. Estas características están tan presentes en distintos aspectos de nuestras vidas que parecen estar casi inscritas en nuestra cultura política. De hecho, es posible afirmar que el Perú en términos de desarrollo político se encuentra a niveles de algunos países africanos. Lo que llama la atención es que estos niveles de improvisación no se repiten en el manejo económico, donde después del desastre de la hiperinflación de finales de los ochenta, el país parece haber aprendido a comportarse de manera extremadamente responsable en la estabilidad de sus equilibrios macroeconómicos (a niveles de los países más serios de la OCDE). Por lo que hemos logrado convertirnos en estas últimas décadas en una de las estrellas económicas de la región (con todo lo ilusorio que este rotulo pueda tener). ¿Cuál es la razón por la que los peruanos somos todavía poco serios en el manejo político? ¿No sabemos acaso que nuestro futuro nacional depende directamente de nuestro manejo político? ¿No sabemos qué los gobernantes toman decisiones importantísimas sobre nuestro destino político, económico, social, cultural, educativo, medioambiental, etc.?

Lo cierto es que tenemos muchas posibilidades de desarrollarnos políticamente, si no fuera porque nos encontramos atrapados en numerosas costumbres cívicas que nos impiden salir de una cultura política de la improvisación. Es impresionante ver como muchos reformadores de todas las orillas ideológicas proponen diversos remedios para desarrollar institucionalmente al Perú, creyendo que un enésimo cambio de reglas de juego podría traer resultados diferentes. Olvidando que nuestra cultura mayoritaria de “pepe el vivo” confirmaría más rápido de lo que imaginan que en el Perú: “una vez hecha la ley, hecha la trampa”. No queremos criticar sus destacados trabajos, ni decir que los cambios legales o constitucionales no son importantes. Claro que lo son, más bien quiero llamar la atención sobre el hecho que casi nadie se preocupa por otras dos problemáticas bastante centrales para mejorar nuestra cultura política: primero que todas las instituciones del Estado están compuestas por hombres y mujeres. Y es en el talento humano en el que se tiene que trabajar. Segundo, que las instituciones se construyen (como un equipo de fútbol que va al mundial) con mucha seriedad, buscando que los mejores talentos del país (por sus capacidades y su ética) ocupen los puestos donde se decidirán los destinos nacionales. Es posible decir que, tanto en la vida como en el Estado, en la economía o en el fútbol, la improvisación no es el mejor método para lograr nuestros legítimos objetivos (convertirnos en un país de la OCDE). Todo ello se logra solo con mucha seriedad, trabajo, paciencia, honradez y voluntad.

Dentro de las excusas más frecuentes sobre por qué no contamos con suficientes funcionarios públicos que permitan tener un Estado eficiente, destacan sobre todo dos: primero, que los ciudadanos más capacitados no quieren trabajar en el Estado porque es muy complicado, frustrante y mal pagado y, segundo, que no todos los ciudadanos y empresas pagan sus impuestos, lo que reduce las arcas del Estado y limita su solvencia para asumir convenientemente sus obligaciones. ¿Entonces estas dos causas (entre otras existentes) deben resignarnos a tener funcionarios públicos regulares que acepten trabajar por no tener otra opción dentro de estas supuestas “fatalidades” institucionales? Es obvio que esto no es así, pues tener una buena administración no depende solamente de cuánto dinero tienes que administrar. Sí, depende de que tan bien lo hagas. Además, sí existen buenos funcionarios y buenos sueldos estatales. Un ejemplo entre las mejoras institucionales que hemos visto en los últimos tiempos (ligadas a diversos factores) es el excelente trabajo que vienen realizando los miembros del Equipo Especial Lava Jato en la Fiscalía de la Nación. Sin embargo, es necesario contemplar la figura del bosque completo para aceptar que históricamente no hemos tenido muy clara la idea que un Estado sólido se construye con mucha seriedad, formando lo mejor posible a nuestros funcionarios públicos y brindándoles buenos sueldos, estabilidad laboral, posibilidades de desarrollo profesional, sancionándolos severamente si cometen faltas, etc. Una vez que esto ocurra pues seguramente muchas más personas querrán venir a trabajar al Estado.

Nuestra improvisación política sorprende una vez más cuando vemos que no contamos todavía con una Escuela Nacional de Administración Pública digna de ese nombre. Es decir, un lugar donde se formen de manera muy esmerada (mínimo dos años) a las futuras generaciones de altos funcionarios de la carrera pública. Un cuerpo de funcionarios públicos extremamente bien formados que es utilizado por muchos Estados bien consolidados del mundo para otorgarle mayores capacidades técnicas a los distintos órganos gubernamentales. La buena iniciativa de la reforma Servir, así como la creación de la ENAP (que debemos seguir respaldando) no cumplen todavía con uno de los objetivos principales de cualquier reforma para profesionalizar el Estado: formar, contratar y evaluar a los altos cargos de la carrera pública. Esos que deben encargarse de dirigir eficientemente los distintas instancias (medias y altas) del Estado peruano. Ello responde a que muchos gobernantes consideran todavía (desde una mirada improvisada) que los altos puestos gubernamentales deben ser repartidos entre sus colaboradores y allegados. Como sabemos cada vez que un presidente, un ministro, un viceministro y hasta un jefe de algún órgano estatal se van, pues lo más seguro es que le acompañen muchos de sus cercanos colaboradores técnicos (poco importa que antigüedad tengan en la institución). Lo que borra continuamente una parte de la memoria institucional de nuestras diversas áreas gubernamentales (con la excepción del Ministerio de Relaciones Exteriores, las Fuerzas Armadas, el BCR, y algunas otras instituciones, que presentan menores niveles de improvisación por contar con alguna forma de “carrera pública”).

Nuestros elevados niveles de improvisación también se encuentran presentes en el accionar de los partidos políticos (salvo contadas excepciones), que, por lo general, se activan un par de años antes de cada elección, redactando un plan de gobierno que consideran como un simple requisito (si es que no lo copian de algún sitio internet). En efecto, muchos técnicos de los diferentes partidos (si es que los tienen) no están realmente preparados para elaborar verdaderos planes de gobierno, supliendo con su esfuerzo la falta de técnicos altamente calificados que no quieren implicarse en este tipo de organizaciones. Igualmente, la improvisación de nuestros partidos políticos es evidente en su manera de escoger a sus candidatos para la presidencia o el Congreso, eligiendo muchas veces entre los ciudadanos que son más cercanos al líder o entre quienes tienen más capital electoral o económico, ya sea porque son populares o ricos: siendo un destacado amigo, un deportista, un empresario, una excongresista, la hija de un expresidente, un periodista, etc. Finalmente, el caudillismo de los lideres también contribuye a nuestra improvisación política, pues muchas veces todo depende prácticamente de su voluntad, sin permitir que los militantes jueguen un rol verdadero en los destinos de estas organizaciones de representación ciudadana. Por el momento, la idea que nuestros partidos políticos propongan verdaderas estrategias de desarrollo integral para el país o que lleven a los mejores ciudadanos a los más altos puestos de representación del Estado parecen estar bastante alejados de nuestra realidad política.

Todos nosotros (es decir la sociedad peruana) también somos culpables de nuestros altos niveles de improvisación e informalidad política, después de todo ¿no somos nosotros quienes elegimos los presidentes, congresistas, presidentes regionales, alcaldes, etc.? A muchos ciudadanos simplemente no les importa el destino político del país, decidiendo su voto por lo general en la cola de cada elección. Yo personalmente no creo que se le pueda echar la culpa al fabuloso proceso social vivido en el país durante los últimos ochenta años de migraciones y explosión demográfica urbana, que crearon una cultura chicha que está en la base de nuestra actual prosperidad económica y cultural. Yo no pienso de ninguna manera que nuestra potente cultura chica nos condene a ser poco serios en nuestro manejo político. Yo creo que la principal causa de nuestra informalidad política se encuentra en que nuestro corto periodo de aprendizaje democrático todavía no nos ha permitido interiorizar bien sus características, requerimientos y límites. Otro aspecto muy importante es que el país no cuenta con una verdadera educación cívico-política (a pesar de todos los progresos hechos por nuestra educación en el siglo XX) que nos explique detalladamente el funcionamiento de las instituciones democráticas y que nos brinde las herramientas para decidir lo más responsablemente posible nuestro voto. Ni tampoco que nos enseñe a comportarnos como buenos ciudadanos. Esta carencia podría ser arreglada con campañas públicas de educación ciudadana en los diferentes medios de comunicación. El mejor ejemplo de que los peruanos podemos aprender cuando se nos explica es el uso casi generalizado hoy del cinturón de seguridad en los automóviles, un logro cívico que parecía prácticamente imposible hace veinte años. De hecho, estas campañas de educación cívica también deben informar de los derechos a la protesta pacífica popular como contrapeso a las malas decisiones o a los manejos mafiosos de las instituciones públicas. Así como los deberes ciudadanos básicos ante el Estado y ante nuestros conciudadanos. Resulta pues importantísimo seguir trabajando desde la sociedad y la escuela para continuar fortaleciendo nuestra cultura política, comprendiendo que todos los ciudadanos somos capaces (si nos explican bien los elementos que están en juego) de saber decidir lo que es mejor para nosotros y para el país.

En definitiva, depende de todos nosotros aprender a escoger muy responsablemente a nuestras autoridades. Debemos comenzar a cambiar nuestra cultura de improvisación política, volviéndonos mucho más serios en nuestro manejo político (como ya lo somos en lo económico). Dejar de creer que se puede ser muy serios en uno y poco serios en el otro. De hecho, yo no he escuchado a nadie hasta ahora proponer a Antauro Humala (o a ningún otro posible candidato presidencial) como candidato para la presidencia del BCR o para Ministro de Economía. Todo pasa como si consideráramos que cualquiera puede ser presidente de la República, pero que, cuando se trata de designar un puesto económico, entonces sí, debemos escoger muy responsablemente. Solo si los ciudadanos escogen bien, si saben exigir sus derechos, si cumplen con sus deberes, si son vigilantes que todo se lleve transparente y honradamente, podremos irnos convirtiendo en un país bien organizado y con un sistema institucional sólido. Esto tomará más o menos un par de décadas, pero si lo logramos estaremos orgullosos de ser considerados como una de las estrellas políticas de América Latina. Obviamente no debemos hacernos muchas ilusiones sobre quienes gobernarán el país en las próximas elecciones. Seguramente, los que vengan serán casi tan malos como los que hemos tenido después de la fuerte degradación política de los años noventa (a no ser que ocurran dos milagros: uno, que aparezcan organizaciones con una cultura política diferente, y, dos, que los ciudadanos los elijan). Lo importante en todo caso es comprender que nuestro principal problema no se encuentra tanto sobre tal o cual partido, tal o cual regla de juego democrático, tal o cual líder político, si es de derecha o de izquierda. Nuestro verdadero problema es comenzar a reducir honestamente nuestros niveles de improvisación política, volviéndonos ciudadanos mucho más responsables en la construcción de nuestro Leviathan peruano. El día que comencemos a ser tan serios en el manejo político, como ya lo somos en el manejo económico, pues seguramente estaremos mucho más conformes con la manera en que se administra nuestra sociedad y con los niveles de calidad vida que podemos tener en ella.


Escrito por

Gustavo Pastor

Phd en Estudios Políticos por la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (EHESS) de París.


Publicado en

Perumanta

Reflexiones sobre el Perú